miércoles, 29 de agosto de 2012

T

Este escrito va dedicado a todos aquellos que me acompañaron en esas experiencias más importantes e impresionantes de mi vida.
Lo único que ha conseguido sacarme tantas y tantas sonrisas, carcajadas, llantos, idas de olla ha sido eso, el TEATRO. Y es que una palabra así no merece ser escrita con minúsculas, algo que te ha hecho crecer, algo que te ha visto madurar, que te ha marcado tanto, nunca debería ser escrito con minúsculas. Podría hacer una lista inmensa de la cantidad de cosas que aprendí en teatro, pero prefiero centrarme en aquello que es lo más importante para todos aquellos que sepan de lo que estoy hablando, y esto son, las emociones.
Cada momento de tu vida, cada lagrima, cada risa, cada llanto, todo tiene cabida en el teatro.
Estas peculiaridades de la vida, estas "actividades extraescolares" dedicadas a las artes, consiguen el mayor logro en la vida de un hombre, y es a soñar. Pero no solo a eso, sino a saber cómo perseguir tu sueño, a vivir sabiendo lo que quieres, a conseguir aquello que te hace feliz.
No hay palabras en el diccionario castellano para definir lo que el teatro ha significado en mi vida, y en la de cualquiera de mis compañeros que han vivido ese sueño conmigo. Podría, por otro lado, hacer un intento de metaforizar esas sensaciones diciendo que antes no sentía, ahora sé cómo es vivir.
Aprender a actuar es una cosa, pero nosotros hemos aprendido las mejores lecciones que se pueden sacar de la vida: vivir, convivir, aceptar, respetar, trabajar, soñar.
Hay momentos dificiles en la vida, pues bien, los hemos vivido juntos, apoyándonos y reforzándonos, siendo pilares para el que está al lado nuestro. Y esa es la principal función del teatro, aprender que cada persona que aparezca en tu vida, que cada humilde personalidad que asoma la cabeza por la esquina hacia la que no miras nunca, es esencial, vital y completamente relevante para la función final, la vida.
Es eso lo que más se ha de agradecer a ésta actividad, la colaboración, la ayuda, el arrope hacia el que está en la escena contigo. Nada eres sin esa persona, sin ella tu vida, la función, todo acaba.
Por que hacen falta muchos, muchísimos cristales para conseguir que algo brille. Y con todo ello, lo conseguimos, lo conseguisteis, lo hicimos todos juntos, dimos sentido a esta locura, y nos llevamos por el camino a todos aquellos que no nos creyeron capaces, les obligamos a levantarse y a aplaudirnos.
Espero sinceramente que todos en vuestras vidas hayais tenido algo así, algo que te haga sentir tan vivo, algo que recordar cuando estás tan hundido que sólo aquellas risas puedan sacarte de ahí y hacerte ver que tus sueños siguen ahí. 
Sí esas lejanas risas aún suenan tanto en mi cabeza, es dificil de imaginar cuánto importó aquello en mí.
Por último, un consejo, seguid siempre siendo tan geniales, nunca os deis por vencidos y luchad por vuestros sueños teniendo en cuenta que éstos son la obra, la función, y sin vuestro trabajo, la función será un desastre. Vuestros sueños son lo que más importa, y todo actor en vuestra función os ayudará a llegar a él, a ese aplauso final, a esa atmósfera de agradecimiento, de pasión, de nervios acumulados explotando en miles de lágrimas de alegría.
Aún lloro de alegría.
Muchas gracias, y muchísima mierda.




lunes, 6 de agosto de 2012

Sueño, verdad, vida.


Simplemente se entregó al sueño, no quería otra cosa en ese momento, era más feliz allí...
Un cruce de calles, una ciudad enorme, probablemente Nueva York, o Los Ángeles, o Las Vegas, o simplemente todas ellas juntas y recreadas a partir de su mente.
Nadie y, súbitamente, como surgidos de la nada, en un pestañeo, muchísima gente. Todo lleno, el autobús va a tope, suenan teléfonos móviles, gente ocupada, papeles que salen volando de carpetas mal cerradas, taxis que pitan y él, ahí, en medio de todo ello, sin comerlo ni beberlo.
De repente, todo se oscurece, es de noche, él sigue observando la vida nocturna de su fantasiosa ciudad. Las múltiples luces iluminan su cara, que no es otra que la que él se imagina que sea en ese momento, quizá la de algún actor famoso, o la de la idea de perfección de su mente, a saber, en los sueños nos vemos, pero nunca nos paramos a observarnos detenidamente, sólo queremos acción.
Un flash, el desencadenante. Después otro, y otro y otro... Comienzan los gritos. No son gritos de miedo, ni de risa, ni de dolor, sino gritos fanáticos, locos, emocionados... Y entonces todo empieza a tener sentido. Él se da cuenta de que los gritos van dirigidos a él, de que los flases van dirigidos a él, todo empieza a funcionar como siempre, es su momento de gloria, su momento de acción, es SU momento. Disfruta con el show, todos pendiente suya, esperando que diga algo, que haga algo, esperando que mueva un dedo en alguna dirección para conseguir lo que quiera. Pero, poco a poco, la situación se le va de las manos. Los flases le agobian, no ve, intenta escapar pero una muchedumbre le empuja y le sigue haciendo preguntas a las que responde automáticamente una persona que no es él, sino que es alguien a quien muy bien conoce y que actúa en su lugar. El gentío es insoportable, algo se está adueñando de él, su ansia de poder, su egoísmo, sus ganas de fama, gloria. Decide cambiar de escenario.
La limusina aparca tranquilamente. La puerta derecha se abre. Él decide bajar, no sabe que encontrará en este nuevo rincón de su mente pero sabe que va a ser bueno y que es libre del ser que lo acosa en sus más gloriosos momentos. Un edificio. No un edificio, un complejo de edificios con formas  inverosímiles que se alzan pisos y pisos por encima de su cabeza. La mayor discoteca jamás vista, la mayor cantidad de luces jamás soñada. Todo lleno de gente, gente guapísima, simpatiquísima… demasiado simpática quizás.
Una noche genial, un ligue genial, todo va sobre ruedas…. Pero no podía durar eternamente. Allí estaba  ese ser inhumano, desconsiderado, creído, egocéntrico y falso, saliendo de su interior cada vez que intentaba hablar con alguien, fastidiándole, pero quizá también ¿defendiéndole?. Pero no sólo en él, todos eran así, todos eran cascarás, apariencias sin sentido, puñaladas traperas, trampas de oso esperando algún alma indefensa, esto es, desprovista del caparazón infranqueable de la falsedad y el materialismo. La música empieza a estar demasiado alta… duele… Él se encoge sobre si mismo… NEXT! Con un gran CRASH!, todo se resquebraja y empieza a caer en forma de miles de cristales…
También cae él. Pero no se rompe, no explota, no se deshace, solo cae.
Un prado… una cabaña con humo a lo lejos, nieve. Gente que viene desde las montañas por el sendero en el que él está sentado. La gente llega a su lado y se sienta, sin decir nada, solo se sienta y espera. De repente, alza la vista, está rodeado. No hay salida… Pero hay algo distinto… no encuentra en su interior a ese ser que le hace sufrir en los otros sueños… Está él sólo. No, sólo no, lo rodean sus amigos, sus amigos de verdad, gente con la que sólo cruzando una mirada se dice millones de cosas… Hay otra cosa diferente, su cara, su cara está perfectamente definida, todos sus rasgos, todos sus defectos. Un niño, quizá su primo, se acerca y le toca la cara. Todo  vuelve a desvanecerse.
De lejos se oye el piar de los canarios que le despiertan todas las mañanas. El sol entra por la ventana. No se acuerda de lo que acaba de soñar, pero no le importa, total, uno más. Se levanta, hace su vida.
Porque ya se dará cuenta de lo que soñó, no por acordarse, únicamente lo vivirá y así aprenderá.

domingo, 15 de julio de 2012

Capítulo III (libro)

CAPITULO III. RESPUESTAS

Estaba desesperado. Llevaba una hora y media esperando en la puerta de la habitación a la que me habían indicado que fuese, y por allí no habían pasado más que un par de ratones pequeños y un montón de polvo arrastrado por la brisa que había en el corredor.
Me había levantado bien, sin muchos problemas ni dolores y con unas ganas infinitas de preguntar y preguntar sin parar. Nada más despertarme, como si lo hubiera sentido, Odcnil apareció por la puerta y me dijo, con su característica voz grave, que cuando me viera listo para andar me dirigiera a la 5ª puerta del lado derecho del pasillo.
Y allí estaba yo, esperando de pie delante de una puerta blanca como la nieve sin que a nada ni a nadie se le antojara decirme que demonios hacía yo en aquel lugar.
De pronto oí una voz que se acercaba por el pasillo e identifiqué la dulce voz de Ridora.
  - ¡Oh! Ya estás aquí. Odcnil acabará de llegar- dijo llegando a mi lado.
  - ¿Cómo que acabará de llegar? Por aquí no ha pasado nadie en las 2 horas que llevo esperando - le reproché sin ganas
  - Tú pasa y calla - dijo convencida.
Abrí la puerta y al otro lado distinguí una habitación de forma circular en la que había un escritorio con muchos papeles encima. Detrás del escritorio se encontraba Odcnil, con expresión fría y con lo que parecía unas brumas de niebla indefinida a su alrededor, que se fueron disipando en el tiempo en el que yo tardaba en acercarme a la mesa acompañado de Ridora.
El venerable estaba muy ocupado revisando los papeles de su mesa y casi ni se dio cuenta de que entrábamos en la sala.
  - Ejem… ¿Señor?- susurró Ridora acercándose al venerable.
Éste levantó la cabeza de su trabajo y centró su atención en nosotros.
  - Hola Ridora. Hola chico, ¿cómo te encuentras? ¿Has podido andar hasta aquí tú solo?- Me preguntó.
  - Por supuesto- le respondí casi de inmediato.
  - Ridora, ¿puedes traer dos sillas para el chico y para ti? Gracias- ordenó indirectamente-. Tenemos muchas cosas de las que hablar.
“Y tanto”, pensé mientras repasaba mi oleada de preguntas que esperaba se respondieran en esa sala. ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había pasado en Norpher después de nuestra escapada? ¿Qué haríamos ahora? Y muchas más con respecto a la guerra y a Matt.
Ridora llegó con dos sillas y lo dos nos sentamos enfrente de Odcnil.
  - Bueno chico, para empezar, ¿cómo decías que te llamabas?
“Madre mía, pues empezábamos bien el canoso y yo”. Pensé.
  - Eric.
  - Bien Eric, estamos aquí para responder tus preguntas e informarte de lo que va a pasar a partir de ahora
  - Pues…
  - Primero te informaré de la situación actual en la que nos encontramos - me cortó de manera escabrosa, no parecía dispuesto a escuchar preguntas, sino más bien a informar de lo que considerara oportuno.
  - Está bien.- le respondí con desgana.
Ridora se encontraba al lado mío, atenta a lo que iba a decir su maestro, preparada para completar las explicaciones de éste.
  - Como ya te habrás enterado, estamos en guerra, los soldados de los pueblos del norte, los que apoyan al señor de la Oscura Luz, se han movilizado y hablan del despertar de los antiguos caballeros negros.
  - ¿Caballeros negros?...- pregunté
  - ¡Pss!, calla y escucha – me cortó Ridora con voz suave pero que no permitía reproche.
  - Cuenta la leyenda que sólo tres personas habitantes del mundo a un tiempo determinado pueden ser convertidas o “usadas” como caballeros negro, y ha llegado a nuestros oídos que uno de estos caballeros ya lleva un tiempo sirviendo al señor de la Oscura Luz.
  - El dragón… - susurré intentando atar cabos.
  - Exacto, el jinete del dragón que atacó Norpher no era más que el primero de los tres caballeros oscuros. No tenemos muy claro cuál es el fin del señor de la Oscura Luz, pero lo que sí sabemos es que los caballeros oscuros trabajan por y para él, y harán cualquier cosa que él les pida.
  - Lo más importante y que no debes olvidar, Eric, - intervino la aterciopelada voz de Ridora-. Es que los caballeros no tienen piedad, no dudan de su cometido y ni siquiera se plantean si lo que hacen está bien o mal, ellos acatan órdenes y ejecutan planes.
  - Y aquí es donde entras tu, Eric – expresó el anciano.
  - ¿Yo? – pregunté sin tener ni idea de por dónde podían ir los tiros.
  - La situación es desesperada, el día de la Elección, mientras yo me encontraba en Norpher, atacaron éste refugio y desaparecieron los demás venerables, no sabemos si están muertos o los han capturado con algún fín, pero sabemos que no podemos quedarnos de brazos cruzados.
  - Sigo sin entender qué tiene esto que ver conmigo… yo… - expuse sin mucha convicción.
  - Te entrenaremos y adiestraremos para que aprendas lo más rápido posible, necesitamos tu ayuda. En estos momentos, todo el continente se prepara para una guerra contra algo que ni siquiera se sabe qué puede ser, y los únicos capaces de detener a los caballeros oscuros son aquellos que han sido instruidos en la magia – Odcnil parecía deseperado por que yo entendiera algo que me era tan imposible de comprender, como que la magia iba a ser mi instrucción. Nunca se hablaba de magia en pueblos como el mío, pues se sabía que era reservada para aquellos privilegiados elegidos por los venerables, y su uso se reducía a conflictos bélicos.
  - ¿Qué significa que me entrenareis? ¿Y qué hay de Norpher? ¡Yo quiero volver para ver cómo está todo, fue un ataque terrible! – repliqué intentando no pensar en Matt.
  - Eric… - comenzó a hablar Ridora-. Norpher ya no es lo que te imaginas… todo está… frío.
  - ¿Frio?, ¿qué quieres decir con frio? – mi voz iba alzándose y mi cara empezaba a ponerse roja de furia, nervios y frustración.
  - Basta – concluyó Odcnil-. Eso lo verás cuando estés preparado, de momento tenemos que centrarnos en tu entrenamiento…
  - ¡No! – casi grité con voz temblorosa -. ¡Tengo que ver cómo ha quedado todo, tengo que saber lo que ha pasado, tengo que saber dónde está Matt!
 - Si te refieres al chico que llevaba el dragón entre sus garras, puedes pensar lo que quieras, pero quizá fuese simplemente su aperitivo del día.
Ahora sí, ahora sí me había callado el maldito anciano. Se había excedido, yo lo sabía, él lo sabía, Ridora lo sabía.
Mi cara pasó del rojo de ira al blanco en una fracción de segundo, no podía concebir esa idea, no podía… Bajé la cabeza y noté cómo una lágrima bajaba serpenteante por mi mejilla derecha.
Tras diez segundos de silencio sepulcral, Odcnil se volvió a pronunciar:
  - Si no eres capaz de mantener tus sentimientos bajo control, todo se volverá contra ti, tenlo siempre en cuenta. Ridora, en tres horas acompaña al chico a la sala de los orbes, todo ha de empezar ya – Fueron sus últimas palabras antes de que desapareciera como lo había hecho en Norpher, entre una nebulosa coloreada que parecía tragarse a sí misma.
Yo me quedé con la cabeza abajo, intentando no pensar, pero haciéndolo sin más remedio, en silencio, y esperando que Ridora no viera caer las lágrimas por mi barbilla.
  - Puedes volver a la habitación donde estuviste antes cuando quieras – empezó a hablar Ridora-. En tres horas pasaré a buscarte.
Se levantó y comenzó a andar hacia la puerta de la habitación, pero antes de salir se giró y, dirigiendo su rostro hacia mí dijo:
  - Y perdona a Odcnil, sus métodos no son muy acertados a veces, pero comprobarás que a largo plazo sus enseñanzas te ayudarán a mantenerte con vida. No te preocupes por tu amigo, seguro que está bien. Y por cierto, increíble recuperación la tuya ante un transporte ajeno como el de traerte desde Norpher hasta aquí, debes de ser potencialmente bueno.
Dicho esto, se giró y salió por la puerta. Agradecí infinitamente esas palabras de apoyo. Necesitaba creer en algo, en alguien, no podía pensar que mi vida había desaparecido en una sola noche, tenía que tener esperanza en que Matt seguiría ahí…
Tras pasar cinco minutos ahí, sentado mirando al vacio del escritorio de Odcnil, recobrándome, me levanté y me dispuse a salir de aquel cuarto.
Antes de salir, algo llamó mi atención. Una raja en la inmaculada pared blanca fue capaz de detener mi marcha. No fue este hecho el único que me hizo parar, sino más bien el hilillo de agua que salía por la grieta de la pared y empezaba a cubrir el suelo poco a poco. ¿Nadie se habría dado cuenta de aquello? Una gotera como esa no pasa desapercibida a nadie.
Me arrodillé cerca de la grieta para intentar ver de dónde provenía el problema, pero cuán fue mi sorpresa cuando, al acercar mi mano al riachuelo que caía cada vez más fuerte, éste dejó de fluir. Me miré las manos, no había nada raro en ellas, estaban como siempre, pequeñas pero firmes, morenas del Sol y con alguna que otra uña partida. Simplemente debía de haber sido una coincidencia, esas cosas pasan. Me encogí mentalmente de hombros y volví cabizbajo a la habitación donde había dormido. Tenía muchos pensamientos que ordenar, y toda aquella situación seguía pareciéndome un sueño. Me recosté en la cama y seguí dándoles vueltas a preguntas que no podían tener respuesta en la situación en la que me encontraba. Me gustase o no, en ese momento dependía de ese borde anciano.



Capítulo II (libro)

CAPITULO II. FIEBRE

Me desperté mareado, como si hubiera viajado en barco de norte a sur del continente. Intenté abrir los ojos pero los párpados no me respondían. No tenía ni idea de dónde estaba ni de qué es lo que hacía allí, pero poco a poco mi mente empezó a serenarse y comencé a recordar lo sucedido…
Estaba tirado en el suelo, agotado y apaleado por miles de piernas que trataban de huir, se acercaba el dragón, con Matt entre las zarpas, y un jinete montado a su grupa, lanzando hechizos sin cesar a cualquier persona que se le pusiera por medio. Me encontraba inútil, no podía hacer nada, sino esperar la muerte, una muerta lenta y dolorosa a manos de un dragón… De repente, un hombre mayor me alargó su brazo. No sabía cómo ni de de dónde había salido, pero agarré su mano con todas mis fuerzas y, a partir de ahí, ya no podía recordar nada.
Matt… qué habría sido de él. Tantos años juntos y ahora en un suspiro me arrebataban a mi mejor amigo. Sin duda lo habrían matado o algo que no podía ni imaginar. Nos habíamos criado prácticamente juntos y habíamos compartido casi todo en nuestra vida, los campos, las amistades, nuestros sitios preferidos…

Unas lágrimas agrias recorrieron mis mejillas. Abrí los ojos, que ya me respondían, y observé la habitación en la que me encontraba. Se trataba de una habitación pequeña y de forma cuadrada. Parecía construida exclusivamente para dormir, circunstancia que indicaba la ausencia casi total de muebles. En una esquina había una silla de madera, vacía. Me encontraba sólo y la idea de salir de la calidez de la cama en la que me encontraba se me antojaba alocada. Aún así, obligué a los músculos de mi cuerpo a ponerse en funcionamiento y pronto estuve de pie, aún mareado.
Comencé a andar hacia la única puerta de madera tosca y rajada de la estancia. Al llegar a ésta, la abrí con dificultad y me asomé por el espacio abierto. No había más que un pasillo enorme de paredes de piedra blanca con infinitas puertas a su alrededor.
Al no saber qué hacer y encontrarme totalmente desorientado, opté por encaminarme hacia la puerta más cercana. Caminando sentí que el mareo se acrecentaba y que me tenía que sentar para no caer al suelo. Giré el pomo de la nueva puerta y la empujé sin mucha fuerza. Se abrió lo suficiente como para darme cuenta de que nada había en aquella habitación salvo una cama como en la que me había encontrado a mí mismo tumbado, pero esta cama tenía pinta de no haber sido utilizada desde hacía años.
Ya no pude más, cerré la puerta y me senté apoyando la cabeza contra la pared de ese pasillo interminable.
Mi mente no estaba en el lugar que le correspondía y poco a poco me fui dando cuenta de que estaba perdiendo la consciencia.                                                           
                                              ---

  -No podemos hacerlo ya, es demasiado joven.
  -Yo le enseñaré todo lo que haga falta, pero es imprescindible que lo hagamos cuanto antes. Tiene que estar preparado para lo que se le avecina.
  -Pero…
  -Nada de peros, esperaremos a que se recupere y empezaremos a entrenarlo lo mejor que podamos de inmediato.
Unos pasos se alejaron hacia lo que me pareció era la puerta y su sonido se perdió en la distancia.
Abrí los ojos, me dolían, pero no pensaba caer otra vez en el sueño que hasta entonces había tenido, un sueño desagradable, áspero y denso. Al hacerlo vi una figura a mi lado, sentada en la silla que antes se encontraba en la esquina de la habitación.
  -Buenos días, o bueno, noches -dijo la figura con voz grave.
Al fijarme y enfocar con mis doloridos ojos observé que se trataba de Odcnil, el venerable que me había tendido la mano en aquella calle que se me antojaba tan lejana.
  -Intenta incorporarte -me dijo con convencimiento.
Lo intenté, pero las piernas no me respondían. Poco a poco noté como la sangre fluía por mis venas y logré alzarme de forma que quedé sentado en la cama.
  -Bien, no parece que tengas lesiones graves, después del paseo que te distes fuera de la habitación y de tu siesta.
En la estancia hacía calor y yo me encontraba empapado de sudor. No sabía qué hacer y un montón de preguntas se agolparon en mi cabeza.
  -¿Dónde estoy?¿Cómo he llegado hasta aquí? Me habían elegido y… -callé de inmediato al rememorar lo sucedido.
  -Tranquilo, tranquilo -el venerable me puso una mano sobre la cabeza y me miró a los ojos-, no te preocupes, en cuanto te recuperes y puedas andar te lo explicaremos todo.
  -¿Explicaremos? ¿Quién más hay aquí? ¡Quiero respuestas ya! -casi grité desesperado.
  -Bueno, bueno, está bien. Te encuentras en una de las fortalezas…  bueno, más bien refugios, en los que habitan los venerables. Por desgracia, casi todos han muerto y aquí sólo estamos tú, yo y mi ayudante de magia -pronunció la palabra muertos como si de una palabra vulgar se tratase-, no tienes nada que temer aquí de la guerra, ya que estamos completamente protegidos… de momento.
  -Pero, ¿qué pasó? Yo estaba en Norpher y ahora…
  -Esas preguntas tendrán que esperar su momento para ser respondidas. Tengo que irme, pero mandaré a mi ayudante para que te asista, mañana estarás totalmente recuperado.
  -Pero…
  -Hasta luego, muchacho –dijo alcanzando la puerta de dos zancadas.
Salió por la puerta y allí me quedé, con un sinfín de preguntas que ansiaban ser respondidas.
Pasaron unas dos horas antes de que supiese nada de otra persona en aquel extraño lugar en el que me encontraba. Sentía frío y calor de forma aleatoria, me encontraba realmente mal. Oí unos pasos que se acercaban por el pasillo. De repente, por la puerta se asomó una mujer vestida con túnica blanca, que portaba en un cuenco gasas frescas, con el fin de aliviar mi fiebre.
Era una mujer tímida, tenía el pelo castaño y los bucles de su cabello caían por sus hombros hasta la altura de la cadera. Andaba de forma muy fina y se acercó a mí como con miedo, pero segura de las instrucciones que le habían dado.
Llegó al lado mía y nuestros ojos se cruzaron un instante. Los suyos eran del color de la miel y reflejaban una vida de pobreza, de auténtica sensatez hacia lo desconocido y  una inseguridad digna de una superviviente.
  -Hola –esa fue la palabra más estúpida que me pareció haber dicho en mi vida.
  -Hola, el maestro dice que debes descansar, pero que ya no tardarás en recuperarte, y que cuando lo hagas empezareis el entrenamiento –dijo con una voz que se me antojó especialmente dulce.
Mis pensamientos volvieron a la realidad.
  -¿El entrenamiento? -pregunté intentando salir de mi sopor.
  -Si, claro. Quiere que empecéis cuanto antes para que puedas servirle dentro de no mucho. Empezareis por la Otorgación y luego pasarás al entrenamiento de los “elementos” -parecía resuelta, sin miedo a hablar.
  -¿Cómo…? ¿Qué…? ¿De qué estás hablando? -le pregunté confundido. En Norpher lo único que nos decían de los venerables y de la magia era que acudían al pueblo una vez al año, elegían a sus sirvientes y que luego iban a sus refugios mediante un extraño mecanismo que utilizaban para transportarse, y que allí instruían a sus elegidos en el uso de la magia.
  -Uy... Me temo que tenemos mucho trabajo por delante. Pero tranquilo, yo también empecé así. Hasta mañana.
Se dio la vuelta, dejo las gasas en la cama, a mi lado, y empezó a andar con zancadas enérgicas hacia la puerta.
  -¡Espera! -le imprequé antes de que llegara a la puerta, pero ella no se volvió-. ¿Cómo te llamas?
  - Ridora -contestó ya lejos de mi puerta con una voz casi inaudible.
No tardé mucho en dormirme. Los sueños que me asaltaron aquella noche nada tenían que ver con mi delicada situación en aquel lugar. El nombre de Ridora iba y venía por mi mente como un péndulo y, entonces, me sentí como nunca me había sentido antes, sabía que estaba seguro y el rostro de aquella chica me hizo dormir en el más profundo y precioso sueño que hasta entonces en toda mi vida había tenido.
Por primera vez sentí que en aquel lugar me sentía seguro.

Capítulo I (libro)

CAPITULO I. RING
¡Ring, ring!
Me desperté, y como siempre, desee no haberlo hecho. Lo primero que hice fue apagar el maldito artilugio que me regaló mi madre. ¿Para qué querrá la gente despertarse con algo tan ruidoso? Pero me quedé en la cama, como todos los sábados, remoloneando. Parecía un día nublado. Se había terminado el invierno y los ríos bajaban llenos de agua por las laderas de las montañas.
Oí a mi madre, me estaba llamando, pero no me apetecía levantarme.
  -¡Eric, hay tortitas para desayunar! -gritó ella desde abajo.
Me levanté rápidamente, me puse mis zapatillas y bajé corriendo las escaleras. Al llegar abajo, a la cocina, vi que encima de la mesa había tostadas y un vaso de leche lleno y otro vacío.
  -¿Dónde están las tortitas? -pregunté frotándome los ojos.
  -¿Qué tortitas? No, si era para que salieses de la cama, que vais a llegar tarde, además Matt ya lleva esperando un rato a que te despiertes, y se ha tomado un vaso de leche. Está en el salón.
  -¿Tarde? ¿Matt, aquí? ¿A dónde vamos a llegar tarde?
  -Pues a la Elección por supuesto, pero qué despistado eres.
Matt llegó a la cocina desde la puerta del salón, sonriendo. Era un chico alto, moreno, de ojos verdes oliva y musculoso, debido a los trabajos de campo que llevábamos a cabo juntos para sobrevivir allí, en la montaña.
  -¡Buenos días dormilón! -me dijo.
  -¡Hola Matt! Si te esperas un momento, subo, me cambio y ya salimos.
  -¿Cómo que ya salís?, pero si ni siquiera has desayunado -intervino mi madre.
  -Da igual mamá, volveremos enseguida, si nunca nos eligen. Esos viejos, “venerables”… -gruñí aún adormilado.
  -No los llames así, además, hoy puede ser especial, ¿no? -dijo mi madre mientras se dirigía a la sala de estar.
Matt y yo nos miramos, sabiendo que no nos cogerían, ya habían pasado tres años en los que habíamos asistido a la Elección, y ninguno nos habían elegido. Ya no teníamos esperanza, pero siempre nos quedaba en el cuerpo esa sensación de “y si esta vez…”, aunque rápidamente acallábamos esa vocecilla y nos centrábamos en el presente, en lo que siempre habíamos hecho, en sobrevivir y poco más.
  -Bueno, voy saliendo, te espero fuera, y no tardes -me inquirió Matt andando hacia la puerta.
  -Vale, vale -le respondí sin mucho ánimo.
Subí las escaleras y, mientras me cambiaba, fantaseé en cómo sería mi vida si a uno de los venerables se le ocurriese escogerme, o cogernos a los dos. Nos pasaríamos la vida con él en algún lugar paradisíaco del mundo, aprendiendo de todos sus conocimientos sobre magia y luego, cuando fuésemos mayores, serviríamos de venerables o formaríamos parte del ejército de vuelo, junto a otros muchos, y defenderíamos el continente con todas nuestras fuerzas… Bueno, sería genial visto así, pero nunca nos iban a coger.

Ya estaba vestido y bajé las escaleras. Entré en el salón y ví a mi madre leyendo en un sillón. El salón era principalmente de madera, como el resto de la casa, y tenía unas ventanas que daban a las montañas. Tenía también dos sillones de piel y al otro lado una chimenea. De  las paredes colgaban algunas de las cabezas de ciervos y jabalíes que cazaba mi padre hacía unos años, antes de que saliera de viaje y nunca lo volviéramos a ver.
Siempre habíamos sido una familia muy normal, teníamos una serie de tierras que cultivábamos para subsistir, y nos relacionábamos bien con todos nuestros vecinos. Mi padre siempre decía “cuanto más tienes, más necesitas, Eric, no lo olvides nunca”, y un día en que salió a cazar con el grupo de los adultos, desapareció sin dejar rastro. Todos dijeron que simplemente “no lo vieron desaparecer”, pues ese día de caza se hizo de noche y, al volver a la aldea, se dieron cuenta de que faltaba él… Desde entonces, hemos sido mi madre y yo los que nos hemos dedicado a vivir, con la ayuda de todos los aldeanos y, por supuesto, gracias a Matt, que siempre estuvo ahí para apoyarme.
  -Adiós mamá, enseguida volvemos -le dije a mi madre acercándome y dándole un beso. Ella me miró de reojo, hizo un gruñido de asentimiento y siguió enfrascada en su lectura.
Salí a la calle, donde me esperaba Matt sin signos de desesperación, qué paciencia que tenía. Fuimos en dirección a la plaza del pueblo, como todos los años por estas fechas. Mientras, hablábamos sin parar y pensábamos sobre lo increíble que sería que nos escogieran aquel año.
Anduvimos por un montón de calles que nos conocíamos de memoria, ya que habíamos nacido y vivido siempre allí, en Norpher.
Norpher era un pueblo perdido entre las montañas, con casas bajitas, viejas y de madera. Tenía un sinfín de calles desordenadas que se disponían entorno a la plaza  central del pueblo, donde estaba la casa del alcalde, la carnicería, otros edificios comerciales y, en fechas de la Elección, una especie de escenario de madera en el que se “aparecerían” los venerables y escogerían a sus elegidos, uno o dos por cada viejo cascarrabias.
La cantidad de gente que andaba por las calles iba aumentando.
  -¡Uff!, va a estar lleno de gente, que desesperación -suspiró Matt que, al igual que yo, odiaba entrar en grandes aglomeraciones de gente.
Llegamos a la plaza y, efectivamente, estaba a rebosar. Nos intentamos meter entre el tumulto para encontrar un buen sitio, pero necesitamos de tres intentos para conseguirlo. Al final nos pudimos instalar en un sitio cercano al escenario, que estaba iluminado por unos espejos que reflejaban la luz de unos farolillos, ya que el día no era especialmente soleado. Estaba todo lleno de gente, pero podíamos ver perfectamente el escenario y al alcalde, que estaba subiendo las escalerillas para dar su habitual discurso previo a la Elección y presentar a los venerables.
  -¡Buenos días a todos! -dijo entusiasmado-. Ha llegado el día anual de la ya conocida Elección y espero que estéis preparados para conocer personalmente, unos más que otros, a nuestros tres venerables de este año. Ha sido un año difícil, pero quiero desear fervientemente a aquellos que sean elegidos, que aprovechen la oportunidad que se les brinda y sepan afrontar las circunstancias que se les presenten en el futuro siguiendo su aprendizaje con los venerables, pues son la mayor fuente de sabiduría que conocemos hasta ahora y dominan artes que a nosotros se nos escapan. Pensad que ser elegido no es algo que deba ser tomado a la ligera…
“Bla, lo de siempre” -pensé, y juraría que por la cabeza de Matt iban pensamientos en la misma línea que los míos.
Un grupo de niños, dos o tres años menores que nosotros empezó a gritar y a aplaudir en cuanto el alcalde terminó su discurso, uniéndose a toda la plaza, que se deshacía en vítores.
El alcalde se echó unos pasos hacia atrás para dar paso al primer venerable.
  -¡En primer lugar, tenemos al venerable Thungus!
Con un ¡PUFF!, una niebla intensa cubrió una pequeña parte del escenario y un hombre mayor de larga barba blanca y medio calvo salió de entre la niebla disipándola con su larga túnica verde. Los chicos de atrás chillaron y aplaudieron con ganas.
   -Buenos días a todos  -dijo Thungus con una voz seria y grave-. Como bien sabéis, hoy seréis testigos de la elección de algunos de vosotros para servir al imperio en un futuro. Yo me dispongo a elegir a dos personas para venirse conmigo. En primer lugar, Fenish Corel. -Un aplauso general sacudió la plaza  y un chico de unos 11 años, situado en primera fila y, deshaciéndose de los brazos de su madre que lo rodeaban, subió al escenario-. Y en segundo lugar, Gunglaus Marks. -Otro aplauso general y un chico de los de atrás alcanzó el escenario apoyado por los aplausos de sus familiares y amigos.
  -Por mí es todo -dijo el venerable, y con otro ¡PUFF! desapareció del escenario dejando a los dos chicos solos que, avergonzados, se apartaron a un lado esperando que todo acabase para ir a sus casas a coger sus cosas y esperar a que el venerable fuese a buscarlos.
  -¡Breve pero intenso! -sentenció el alcalde-. Y en segundo lugar, ¡aquí está Glodias!
Un rayo partió el cielo y cayó junto al alcalde, pero al ver que no salía despedido hacia atrás, éste se quedó desconcertado al comprobar que se trata del segundo venerable, que había aparecido junto a él en el brillantísimo destello del rayo. Llevaba una túnica roja y tenía aún unos pocos pelos en su cabeza, hecho reseñable dada su apariencia de avanzada edad.
Matt y yo nos miramos. Sabíamos de años anteriores que éste era el venerable más simpático y con el que mejor trato se podía llegar tener, y cruzamos los dedos aún con toda la esperanza perdida. Fue como  un reflejo para desearnos suerte el uno al otro.
  -¡Buenos días a todos, pueblo de Norpher! Hoy es un gran día para el Imperio, y sólo estar aquí me llena de orgullo. Aún así, he de confesaros que sólo elegiré a uno de vosotros. Su nombre es… -calló para dar suspense a la situación-. ¡Amelly Juckman! -Otra de los chicos de detrás subió al escenario y todos sus amigos gritaron y silbaron por ella-. Y eso es todo, un placer. -Y un nuevo rayo se precipitó del cielo y se lo llevó sin hacer el más mínimo ruido.
Matt alzó la voz por encima de todo el griterío.
  -Me parece que aunque me cojan ya no me gustaría mucho.
Yo sabía perfectamente a lo que se refería. El siguiente venerable era el que caía peor a todo el mundo. Era antipático y egoísta y muchos de los jóvenes a los que había enseñado habían vuelto a sus casas delgaduchos y con ojos que parecían estar presenciando el cataclismo más absoluto.
El alcalde continuó con su charla haciendo un gesto con la mano para acallar al gentío.
  -Ahora vamos a dar paso al último de los venerables que nos acompañará hoy. ¡Él es Odcnil!
De repente apareció de la nada una nebulosa que hacía que los colores del fondo del escenario se confundieran y aparecieran una masa de nubes grises donde iban apareciendo colores que antes no estaban. La confusa masa de colores se fue disipando y apareció encima del escenario un hombre mayor, canoso y con una túnica de color violeta en la que todavía quedaban algunos resquicios de niebla multicolor de su aparición.
  -Buenos días -empezó con voz cortante y muy seria-. Todos esperáis ser elegidos por alguno de nosotros pero lo que no sabéis es que el camino que se os abre al ser elegidos no es precisamente un camino de rosas, sino que tendréis que luchar y convertiros en hombres y mujeres dignos de servir algún día por este mundo. -Todos callamos muy sorprendidos por el repentino e inesperado discurso de Odcnil. No es que fuese inesperado del todo pero, normalmente, este venerable se limitaba a decir el nombre de sus elegidos y largarse a toda prisa-. También me gustaría que supieseis que actualmente estamos en guerra. Si, nadie os lo ha avisado pero debéis saberlo. Los demás venerables no estaban de acuerdo en decirlo, pensando en que este es un pueblo perdido entre las montañas y que aquí no llegaría la guerra. Pero mi criterio es otro, por lo que ahora mismo elegiré al desafortunado que tendrá que seguirme y al que dentro de cuatro horas pasaré a recoger por su casa, tal como lo harán los demás venerables.
Miré a Matt y vi que no tenía ninguna intención en que le cogiera este venerable, en cambio yo aún albergaba alguna esperanza al respecto.
  -Eric Nugsber -pronunció el venerable con voz grave.
¡No me lo podía creer! Miré hacia el escenario y vi que el venerable estaba esperando que subiese para poder irse ya de allí. Matt me estaba mirando con cara de sorprendido, al igual que yo a él. Luego me dedicó una gran sonrisa y me indicó con gestos que subiese al escenario, donde el venerable Odcnil ya empezaba a desesperarse.
Me encaminé hacia allí, sin escuchar el griterío que acompañaba a mi avance, pero antes de que fuese a llegar, el cielo tomó un color gris metálico y las nubes lo cubrieron por completo.
Todos creímos que se trataba de la aparición o desaparición de alguno de los venerables, pero pronto nos dimos cuenta de que no tenía nada que ver con aquello, era algo más, algo desagradable.
Toda la plaza estaba en silencio, y la gente miraba al cielo en busca de la causa de aquel fenómeno. De repente un puntito negro apareció de entre las nubes.
  -¡Dragón! -gritó un anciano en medio del gentío.
Todo se descontroló, la gente corrió hacia todos lados en busca de cobijo, gritaban y agarraban a sus seres queridos, la plaza estaba al borde del colapso.
Busqué a Matt entre el tumulto y lo divisé a lo lejos. Venía corriendo hacia mí, mientras yo bajaba las pocas escaleras que me había dado tiempo a subir.
Mientras, la imagen del dragón se tornó más nítida y se adivinaba una figura montada sobre su lomo.
Matt me alcanzó sin resuello.
  -¿Qué hacemos? -le pregunté.
  -¡Correr! –gritó decidido.
Avanzamos por el río de gente, pero noté que poco a poco, llevados por el torrente, nos íbamos distanciando.
  -Vete a tu casa, yo iré a la mía, ya nos veremos…
Apenas terminé de oír su frase cuando un ruido como nunca antes había oído, surgió de detrás de nosotros. Me giré y observé que el dragón se nos había echado encima y seguía a la gente por la avenida principal del pueblo, rugiendo y enseñando sus enormes dientes salpicados de furia.

Matt se desvió hacia su casa y yo seguí recto hacia mi calle. Miré hacia atrás y no me pude creer lo que vi. El dragón, enorme y de escamas color azul zafiro, se desvió hacia la calle de Matt persiguiendo a un montón de gente. Mientras volaba libremente por la calle, el jinete lanzaba unos rayos azules que al alcanzar a la gente, los dejaba paralizados y rígidos como estatuas.

Me paré y continué mirando el espectáculo que se me ofrecía. La gente iba quedando petrificada a lo largo de la calle, pero el dragón parecía perseguir algo, o a alguien.
Se estaban alejando mucho, ya no distinguía bien la escena, pero vi que el dragón daba la vuelta haciendo un giro en el aire –al parecer había conseguido lo que buscaba–, y se dirigía directamente hacia donde yo me encontraba junto a otros aterrorizados transeuntes.
Me giré e intenté reanudar mi carrera, con tan mala suerte que tropecé y caí al suelo con un ruido sordo.
La gente no se daba cuenta de mi presencia y me pisaba y pateaba por todos lados. Abrí los ojos y lo vi. Vi como se acercaba el dragón y como el jinete me miraba fijamente, sin apartar un momento la mirada de mí. Sabía que venía a por mí, pero no podía hacer nada por evitarlo, me encontraba en el suelo, paralizado por el terror.

Oí una voz, una voz que me llamaba a moverme, me di la vuelta y distinguí a Odcnil a través de mi vista nublada. Estaba entre esa niebla con la que él se transportaba.
  -¡Vamos, vamos! -me gritó desesperado. Me agarró una mano y sentí el vació, sentí como si me arrancaran las extremidades del cuerpo una a una.
Antes de desaparecer por completo, pude atisbar lo que había agarrado el dragón en aquella callejuela. Era un chico, un chico alto y moreno… Era Matt, y estaba colgando inerte entre una de las garras del gigantesco reptil.


Ya no me encontraba en Norpher.

Recuerdos de fuego

El fuego crepitaba sin cesar, sus llamas nos caldeaban a mí y a todas las personas que habíamos salido en busca de aquella arma legendaria que todos los pueblos de los alrededores anhelaban. Éramos unas quince personas, entre las cuales nos encontrábamos mi abuelo y yo. Él era ya un anciano muy viejo y se había convertido en mago del pueblo. Le había tocado a él, entre todos los magos, participar en la búsqueda del artilugio. Era ya de noche, llevábamos ya un mes buscando y no habíamos encontrado nada.
Como todas las noches, mi abuelo se dispuso a contarnos una historia que le sucediera en su juventud. Se ayudaba de un saco en el que tenía metidos unos polvos con los que nos rociaba para que pudiésemos ver y sentir la historia que nos contaba.
- Estábamos en tiempos de guerra- comenzó mi abuelo. – Nos encontrábamos en la ciudad de Thor, antigua capital del reino. Nos habían destinado con el objetivo de destruir por completo a los enemigos y a su base en la ciudad. Mi regimiento estaba casi aniquilado por completo y en tierra sólo quedábamos mi amigo Seúl y yo. Por el aire nos seguían cubriéndonos las espaldas los magníficos dragones del ejército aéreo.
Los que estábamos sentados alrededor del fuego sentimos como los dragones volaban sobre nuestras cabezas, y sentíamos su calor, el calor de su fuego interno. Luchaban con garras u colmillos contra dragones enemigos y catapultas.
Mi abuelo continuó con su historia:
- Nos dirigíamos hacia el centro de la ciudad, donde estaba el centro de operaciones de los enemigos. Parecía una misión imposible y creíamos que íbamos a morir. De repente, dragones enemigos salieron de las puertas de la base, dispuestos a destrozarnos con sus garras.
“Nuestros amigos aéreos aterrizaron limpiamente delante de nosotros, para plantarles cara a los dragones. Luchaban con garras colmillos y fuego. Fuego que caía alrededor nuestro en forma de bolas que destrozaban y hacían volar la tierra por los aires. Mi amigo Seúl resultó herido y le dije que se quedara en ese sitio mientras yo intentaba acabar la misión.”
A mi abuelo parecía gustarle las caras que poníamos, ya que no salíamos de nuestro asombro cuando unas llamaradas de fuego se precipitaban encima de nosotros y se desvanecían antes de tocarnos.
- Me aleje todo lo que pude de los dragones para intentar entrar en la base, pero uno de los jinetes me vio y se precipito encima de mí cabalgando sobre su montura. No tuve tiempo ni de respirar cuando el dragón ya me tenía entre sus garras. Vi que nos alejábamos de la ciudad en llamas y supe entonces que me iban a hacer prisionero. Decidí hacer algo, así que saqué el cuchillo de una de mis botas y acuchillé sin parar las garras del dragón. No parecía hacerle ni cosquillas, pero de repente el cuchillo penetró en la carne de dragón y este pegó un alarido. Me soltó. No volábamos muy alto y gracias di que estábamos encime de un bosque. Sólo me rompí el fémur derecho y dos costillas.
Los presentes dimos un respingo y nos llevamos las manos a las piernas y al pecho con muecas de dolor en nuestros rostros. Pero mi abuelo aún no había terminado:
- Corrí y corrí por todo el bosque buscando un lugar donde esconderme y encontré un lugar, un pueblo, un pueblo donde pasaría el resto de mi vida.
Unos años después me enteré de que mi amigo Seúl había conseguido el objetivo.
Nos incorporamos con sensaciones de alivio y nos dispusimos a apagar el fuego para dormir. Mañana sería otro día y quizá encontráramos lo que buscábamos.

El Todo por la Nada

¿Y por qué hay que ser de alguna manera?
Nadie quiere ser de ninguna manea, todos quieren ser, algo especial, pero siempre estarán dentro de la masa, la masa de gentes, la masa de corrientes, donde cada idea tiene su flujo, donde las ideologías, tejen su embrujo, y todas estas ideas y corrientes, generan discusiones, que suben ardientes, hasta alcanzar la categoría de conflictos sin sentido, basados en ideas que la gente ha tenido.
Y por eso hay gente, gente sin corriente, gente que se deja llevar por esas burbujas incandescentes, gente que cambia, que se adapta para sobrevivir, cambiando su postura, para poder existir. Se dejan mecer por las corrientes, sin querer ninguna, pero teniéndolas todas, aprendiendo de cada una, observando sus lazos, los lazos que las unen, en una eterna tortura, producida por la mera existencia de la otra, y, sin quererlo, la gente pierde la cordura, dejándose llevar por esas pequeñas ideas, que mientras el mundo exista, no desaparecerán de la vista, se quedarán siempre aquí, torturando a los demás.
Y con ello en la mente, las personas sin ideas, sin corrientes, las que se dejan llevar, dicen: Que la NADA domine al TODO, y que el TODO dé paso a la NADA, para poder no existir en la sociedad de las corrientes, la que hace que los demás digan: “No, si tú mientes”.