martes, 29 de abril de 2014

Psicología de bolsillo.

Son curiosos los sueños, ¿no?
Hoy me he despertado sabiendo que había tenido un sueño muy vivido, pero, como de costumbre, no lo recordaba. Suele pasar. Siempre he pensado que los sueños son como retazos de memoria que de repente les da por mezclarse sin orden alguno. Retazos de aquello que has vivido intensamente, o que te ha marcado profundamente, o simplemente cosas a las que estabas receptivo. Porque, ¿no olvidamos con facilidad a lo que no prestamos atención? Pienso que los sueños son eso, momentos de tu día a día en los que has estado receptivo y que se agolpan aleatoriamente para dar imágenes grotescas y extrañas.

He decidido hacer esta entrada para contaros mi día. Aunque más bien, os voy a contar lo que no se ve de este día, lo que yo pienso de este día.

El sueño se me hizo corto. Lo supe al oír el despertador reclamándome para empezar este nuevo lunes que no se prestaba a ser entretenido pero al final, oye, le he sacado partido.

Ya oía a mi compañero de piso levantarse, la puerta de su habitación, y su rutina mañanera diaria. Todos tenemos esa rutina, lo que sucede es que, al vivir con hermanos postizos en un piso de estudiantes, tienes como más rutinas mañaneras, te sabes de memoria las rutinas mañaneras de todos, sin querer, ¿sabes?

Tocaba hospital, ¡qué pereza! Otra vez la caminata.
Antes de salir, oigo cómo mi compañera de piso está empezando a funcionar, ella siempre apura los últimos momentos de sueño. La envidio. Yo soy incapaz de acortar mi rutina mañanera, me es indispensable cada cosa que hago, saludar al gato, ponerle comida, ir al baño, calentarme un vaso de leche que trago a sorbitos mirando a la blanca pared durante 10 largos minutos y coger la mochila con mucha vitalidad y ganas de que hoy pase algo. Soy así, siempre me espero algo de un nuevo día. ¿Que qué me espero? Pues ni idea. Soy de esas personas que dicen que odian las sorpresas pero que están deseando que les venga alguna en su nuevo día. Me considero un poco bipolar en ese sentido.

Desde que me despido de mis compañeros de piso, que están en un hospital más cercano, hasta que llego al mío transcurren 15 minutos. Os reiréis pero son unos de los 15 minutos más intensos del día. ¿Que por qué? Pues porque dan para mucho si se los sabe utilizar. Yo, personalmente, oigo música, me fumo un cigarro, observo a la gente pasar, cabizbaja, adormilada, pienso en lo que tengo que hacer ese día, me ordeno. Dicen que organizamos nuestros pensamientos al dormir, por la noche, yo creo que lo hago en esos 15 minutos de camino, junto con los diez en los que me desayuno mi vaso de leche. Sí, creo que en esos minutos decido muchas cosas, como qué me va a afectar ese día, cuales son mis sentimientos hacia ese nuevo día, hacia lo que toca vivir. Digamos que me conozco diariamente es esos 15 minutos, descubro al “yo” del día.

Una de mis compañeras me está esperando. Es curioso cómo nos agrupamos ante lo desconocido, cómo sólo con el apoyo de una mano amiga ya las penas se nos presentan mucho menos penas. Soy humano, en fin.

Tras la espera de rigor de una hora en la que los médicos deciden hacernos caso y decirnos qué van a hacer con nuestros jóvenes y post-puberales cuerpos y mentes, empieza el trabajo.
No puedo decir mucho de esto, no es profesional. Pero sí puedo deciros que al final, ha salido productiva la mañana, oye. Se descubren muchas cosas en un hospital, tanto buenas como malas. Creo que es uno de los lugares más equilibrados del mundo, donde hay alegrías y hay penas, donde se salva y se mata, donde se vive y se muere en definitiva.

En realidad no quiero entrar mucho en tema de hospitales y eso. Realmente, uno de mis primeros pensamientos del día, como puede constatar mi querida madrina con la que he entablado un pequeño chat mañanero, ha sido para compañeros que recientemente han perdido a alguien. Todo mi apoyo, sinceramente.

Hago un pequeño parón para darme cuenta de que, al escribir esto, me estoy dando cuenta de muchas cosas. Todo el mundo debería hacerlo. Es como parar el mundo y observar cada detalle, cada pájaro en vuelo, cada pez nadando, cada humano actuando. Piensa en todo lo que has pensado, en todo lo que has hecho.
Ayer me terminé una novela que decía que aquellos que son capaces de parar el mundo, son los que luego son capaces de moverlo, ¿entendéis? Quizá de ahí este escrito, que me está resultando extremadamente estimulante.

Mi compañera se ofrece a acercarme a mi casa. Se lo agradezco enormemente, no os imaginas el suplicio de camino a las 13.00 en la época de calor en la que estamos. Ella es así, siempre da lo que tiene. A mi esas son las cosas que me ganan. Dar lo que tienes aunque sea poco. Me gusta, me estimula, me hace darme cuenta de lo que valoro a esa persona; paro el mundo durante dos segundos y la observo intensamente, pero por dentro, “alcanzando el alma por los ojos” como se expresan algunos literatos.
Sí, soy consumidor de poesía. Aunque en realidad de poesía y de todo  texto escrito que se me ponga por delante. Me considero un lector nato, de los que escasean con mi edad.

Voy en el coche observando la conducción de los murcianos. Deja que desear, para que nos vamos a engañar, aunque, tal y como le he dicho a mi compañera: “para malos conductores los cartageneros”, como solía decir mi madre. Es una de esas improntas paterno filiares que se le quedan a uno. Hipótesis que aceptas como teorías comprobadas, no te importan los hechos, es así, lo dijo tu madre cuando eras pequeño, cuando ella era tu superheroína, antes de caerse con todo el equipo cuando tu empieza s aprender, a saber – o a creer saber – más que ella.

Ya abriendo la puerta de casa empieza el agobio. Como estudiante, hoy me ha tocado el día de estrés entre apuntes. O por lo menos eso parecía que iba a pasar pues, tras comer rápidamente – sólo, mis compañeros aún seguían en su hospital – y estar estudiando y arreglando cosas durante tres o cuatro horas, he decidido que ya estaba bien y me he puesto a leer.
Ya os he comentado que soy un devoralibros. No lo puedo evitar, me engancho fácilmente. Podría decirse que soy de afición fácil aunque, irremediablemente, también soy de aburrimiento fácil. Lo de irremediablemente lo habéis entendido, ¿no? Si fuese solamente de afición fácil, tendría un síndrome de Diógenes de aficiones bestial y, como suelo decir según mi psicología de bolsillo, el que mucho abarca, poco aprieta. Todos tenemos esa psicología de bolsillo, esas frases de las que abusamos para – o por lo menos intentar – explicarnos.

Novela leída en un 70%. Los ebooks han ganado la partida, es difícil no caer en la tentación, pero de eso hablaré otro día. Es un tema que puede dar mucho de sí.

Me desperezo en la cama pensando que se me escapa el día. No porque piense que leer me hace perder tiempo, todo lo contrario, otra de las frases de mi psicología de bolsillo es: “no existe perder el tiempo”, sino porque tengo aun mil cosas que hacer, o que pensar en realidad.
Es curioso cómo a veces medimos lo que tenemos que hacer en un día no por la cantidad de cosas que tengamos que “hacer” o sitios a donde “debamos ir” sino por la gran abundancia de pensamientos que aún quedan por delante. Es como ordenarte la mente sin querer, lo que más tiempo te lleve pensar, ocupa más horas, minutos y segundos.
Hoy ha sido un día larguísimo de pensamientos, de ahí que me apeteciera tanto escribirlos. Me siento como retratándome en el punto álgido de mi agilidad mental, en el culmen de rapidez cerebral. Como alguien que se hace una foto a los 20 años y la guarda con la esperanza de verse en su mejor forma física cuando sea un anciano arrugadito. El diminutivo es eternamente cariñoso, siempre lo he pensado, pero hacia dentro.

Me despido de mis compañeros de piso que están enfrascados en sus estudios. Ellos duermen siesta, luego tienen que aprovechar el plus de energía de ese sueño reparador en lo que yo ya he hecho, quizá con menos productividad, horas antes.
El tema de la siesta es otro. Me gusta, pero si hay algo que está muy cerca de perder el tiempo dentro de mi modo de ver la vida, es dormir una siesta de 2 horas. Sólo las consiento en resacas estremecedoras y madrugones inhumanos.
Salgo de casa con una bolsa – con unos tacones festivos olvidados días atrás por una amiga en casa en su interior -, el paquete de tabaco, y las llaves. Voy a imprimir unos apuntes detrás de mi casa. Vivir en el centro de una ciudad es maravilloso, a la vez que enloquecedor, ¿verdad?
Paso por delante de nuestro antro. Un antro es un sitio sin mucho lujo, sin muchos adornos, donde la cerveza es relativamente asequible y que te ha dado mejores momentos que cualquier otro bar de categoría neoyorkina. Eso es un antro. Lo miro con nostalgia y sigo mi camino.
Tras la parada en la papelería en la que casi olvido mi cartera entre risas y reproches – al unísono – de un simpática abuelita (véase el diminutivo), me encamino a la academia.
Bailo. Mucho o poco según se mire. Es mucho si lo vemos dentro del contexto de mi tiempo libre fuera de la carrera, es poco si quisiera dedicarme a ello. Me encanta. Es genial la manera que tenemos los bailarines (me considero bailarín con todas las letras) de unir nuestros instintos más básicos con la técnica y la simetría del baile. Visceralidad, serenidad, conocimiento y ritmo todo en uno. Magnífico. Desfogante.
Allí pasan las horas más divertidas de mi día, en serio. No porque nos pasemos los sesenta minutos con sus sesenta segundos riéndonos, sino porque el baile me da alegría, sesenta minutos a la hora, haga lo que haga allí dentro, reírme, desgarrarme músculos, perder el aliento, moratones por doquier, lo que sea. Creo que a eso es a lo que llaman vocación.
Y allí hay personas maravillosas, con todas sus letras; y cada una de ellas por igual. Creo que he parado el mundo muchas veces con esas personas, por eso funcionamos tan bien juntos.

Vuelvo a casa exhausto, no sin antes fumarme un cigarro con algún compañero de la academia, necesito socializarme, fuera de toda obligación y compromiso.

Me he cruzado en el ascensor con mi compañero de piso, no lo he visto, él ha bajado por un ascensor y yo he subido por el otro. Se ha ido a cenar con su chica, supongo, volverá más tarde. Otra de sus rutinas. Me encanta conocer así a los demás, ¿hay algo más bonito?

Me hago una cena light, no me gusta  cenar demasiado. Luego se duerme mal.

Mientras mi compañera de piso termina de cenar y me dice que se va a dar una vuelta con su chico, siento que me estoy inspirando un montón, me apetece escribir.

¿Es curioso lo que da de sí la mente en un día no? Supongo que esto es sólo el diez por ciento de lo que se piensa veinticuatro horas con sus sesenta minutos la hora y sus sesenta segundos el minutos, pero tampoco pretendo extenderme demasiado porque si paras el mundo demasiado, puedes quedarte encerrado en la cárcel de tus pensamientos.


Espero que os guste mi psicología de bolsillo diaria. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Algunos dicen que están locos.


Algunos dicen que están locos. Y de verdad se lo creen.
Otros llaman locos a los demás, piensan que la locura es algo anormal.

Yo digo que te llames loco si no sabes pensar. Digo que eres inferior si te falta personalidad.

Oigo voces en mi cabeza, las que me ayudan a avanzar.
Quemo cosas porque sí, porque sí me hicieron mal.
Me vuelvo desquiciado, por ser justo ante la maldad.
Tengo fobia a las personas, a las que no pueden amar.
Bailo música que sólo yo oigo, pues así es como recuerdo que vuelo, no caigo.
Temo a mi sombra por encima de todas las cosas, pues es el reflejo de todos mis actos buenos, y conforme más te acercas a la luz, más grande se hace aquella otra.


Todos enloquecemos día a día, no creas que no estás loco, primero piénsate, óyete, conócete, y luego sabrás que eres el mayor loco de todos, pues tú, igual que todos, 
piensas que los locos, son los demás.

jueves, 23 de enero de 2014

Una lágrima perdida

Una lágrima perdida,
un boceto inacabado
un soneto que no rima
y un mundo siempre llano.



Vida viva muerta yace,
solloza, intenta respirar,
nada pasa todo nace
para no volver a avanzar.



Tiene hambre y no come,
imposible descansar
de la mente que lo roe
y no lo deja suspirar.



Ansiados suspiros azules
que saben enteros a mar;
salta, corre, grita, huye
y evita mirar atrás.



Puede que la vida burle
tu sonrisa especial,
no lo pienses, ríe fuerte,
así todo mal se va.

martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo IV (libro)

CAPÍTULO IV: EL ORBE.

Matt intentaba darme la mano. Alargaba su fuerte brazo en dirección a mí, pero yo nada podía hacer para alcanzarlo. Tratábamos de gritar, pero ningún sonido salía de nuestras bocas. Todo estaba paralizado y no sabíamos qué hacer mientras Matt se alejaba poco a poco.
De repente un sonido. Una catarata, un torrente de agua chocando bruscamente con las rocas de un río rebelde, y todo se diluyó en aquello…

  -Eric, despierta – La suave voz de Ridora me despertó y me hizo poner los pies en la tierra – Tenemos prisa, te has quedado durmiendo.
Mi mente aceleró estrepitosamente. Me puse en pie de un salto, no había tiempo que perder, fuera lo que fuese lo que esperaban de mí en aquel lugar, debía hacerlo y rápido, tenía que ayudar a Matt.
  -Vamos,  no hagamos esperar al maestro, la sala de los orbes nos espera – Fue lo único que me dijo Ridora. Parecía un poco nerviosa. Yo no sabría hasta más tarde que lo que le inquietaban eran sus dudas sobre su propia instrucción con la magia.
Sin perder ni un segundo la seguí,  o eso creí que iba a hacer porque, de repente, cuando terminé de dar el primer paso hacia ella, se giró y me agarró la mano. Lo hizo tan rápido que no tuve tiempo de preguntarme qué demonios pasaba.
Sólo fui capaz de expresar un ligero gemido cuando sentí que algo brotaba de mi interior, algo me desgajaba por dentro, pero no sólo a mí, a Ridora parecía pasarle lo mismo, aunque su tez se encontraba perfectamente estable, sin el menor atisbo de asombro.
Era luz, una luz blanca emanaba a rayos de nuestro interior, cada vez más y más rápido. Parecía que lo envolvía todo. La habitación en la que estábamos comenzó a desdibujarse entre rayos de luz y, súbitamente, caí al césped mientras toda la luz se difuminaba igual de rápido que había aparecido.
¿Césped?
Ya no estábamos en aquella austera habitación del refugio de los venerables. Habíamos aparecido en un pequeño claro rodeado de frondoso bosque.
Yo me encontraba de rodillas en el húmedo suelo de aquel frío paraje, y a mi lado se encontraba una Ridora erguida, en la que ya no se hallaban resquicios de la inquietud y el nerviosismo que pareció tener en el refugio, sino en cuya cara se atisbaba una ligera sonrisa.  
  -Ya hemos llegado, ¿te encuentras bien, pequeño? – Dijo dirigiendo su mirada hacía mi asombrada cara.
  - P… perfectamente Ridora – conseguí vocalizar – pero, ¿qué ha pasado?
  - Nos hemos aparecido en el gran bosque Kanai, cuna de los orbes sagrados.
  - ¿Aparecido? ¿Tal y cómo lo hace Odcnil? – pregunté muy intrigado y sorprendido de que Ridora también fuese capaz de hacer aquello.
  - De una forma parecida, personal. Me alegro de que estés bien, eso es que todo ha salido a la perfección.
Yo no daba crédito. Me habían vuelto a transportar con magia, pero esta vez, todo había sido diferente. No me encontraba mareado ni confuso, sino todo lo contrario, la luz que hubo de llevarnos a ese lugar parecía haber caldeado mis entrañas.
  -¡Vamos chico! – exclamó Ridora mientras andaba ya a diez metros por delante mía – Tenemos cosas de las que hablar.
 La alcancé y nos dirigimos a la espesura del bosque. Ridora me hizo un ademán para que la siguiera, y así caminamos durante largo rato, mientras ella me contaba cómo funcionaba el transporte en aquellos que podían usar la magia.
Definitivamente yo no tenía ni idea de magia, pues sólo pude llegar a comprender del monólogo didáctico de Ridora que todo se basaba en los orbes. Al parecer cada persona con acceso a la sala de las esferas obtenía un orbe, un orbe que la elegía como portadora y que la dotaba de la magia a la que estaba destinada, y mediante la que se transportaría.
En el caso de Ridora, según pude entender, su orbe le dio la posibilidad de sanar, y la manifestación de aquello era la forma en la que el orbe ejecutaba un transporte.
¿Cuánto poder había en aquella joven que me acompañaba?
  -Ya hemos llegado, Eric, mira ahí – me inquirió Ridora sacándome de mis pensamientos de total incredulidad y señalando algo que quedaba delante.
Dirigí la vista en aquella dirección y vi una cueva. Pero no era una cueva normal, era la “entrada” a una cueva, sin más. No había montaña detrás, sólo más y más bosque. No había piedras allí, no parecía nada real aquello. Era un agujero negro en mi campo visual, una puerta oscura y sin límites.
 -Supongo que no verás nada agradable,  Eric, pero es donde debes adentrarte. Confiarás en mí cuando te diga que una vez entras y sales, la oscuridad se convierte en luz. Ya no es un agujero, es más bien un portal de luz.
Me acerqué tanteando el ambiente hacia el agujero de oscuridad.
  -¿Tengo que entrar ahí? – expresé dudoso. Tenía la sensación de que poco a poco la puerta me iba atrayendo, y yo iba haciendo cada vez más esfuerzo por salir de aquel magnetismo tan antinatural – Creo que no podré hacerlo.
  - Creer y crear sólo se diferencian en una letra, muchacho – Era la voz de Odcnil. De repente estaba a mi lado, dispuesto a empujarme hacia la oscuridad.
Y lo hizo.
Lo miré aterrado en un primer momento, pero en cuanto me di cuenta de que lo que decía era cierto, hasta le agradecí el infundirme valor para adentrarme en aquello y disipar mi inseguridad. Al fin y al cabo, si Ridora y el mismo Odcnil habían pasado por aquello, no podía ser nada malo.
Antes de que todo se disipará en oscuridad, conseguí oír una voz familiar decir: -Gana.

Lo que apareció ante mis ojos me dejó boquiabierto.
Un espacio sin paredes, enorme y oscuro se erguía ante mí. Esperé quieto hasta que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, y en cuanto conseguí advertir formas en la oscuridad vi en qué consistía tal inmensidad de espacio.
Miles de estantes de piedra rectangulares anclados en el suelo de diseminaban hasta donde alcanzaba la vista, en todas direcciones, sin fin aparente. Pero lo curioso era lo que había encima de cada bloque de piedra. Dos o tres piedras por bloque, redondas, lisas y blancas como la nieve separadas diez o doce centímetros cada una. Todas con el mismo tamaño, la misma forma. Parecían bolas de nieve puestas en hilera como cuando nevaba en Norpher en los meses de frío y Matt y yo nos dedicábamos a imitar las bolitas de carne que nuestras madres solían preparar.
No sabía qué hacer, a dónde mirar, pues todo se me antojaba idéntico, vacío.
En ese momento me di cuenta, la luz. Si era capaz de ver algo era porque había una fuente de luz en algún lugar de aquella inmensa superficie.
Dirigí la mirada hacia donde parecía ser el origen de la tenue claridad. Estaba lejos, así que sin dudarlo ni un momento comencé a andar, esquivando moles de piedra, sin tocar nada y manteniendo fija la mirada en la luz a la que me dirigía.
Poco a poco noté un cambio. La luz que en un momento me había parecido blanca se fue tornando poco a poco azul y más intensa, hasta que pude observar que provenía de una mole de piedra que ya no quedaba muy lejos.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando, al acercarme a la rectangular pieza pude comprobar, entre grandes esfuerzos pues la claridad dañaba mis ojos, que la luz salía de una esfera, una esfera azul, pero no de un solo azul, si no de volutas de distintos tonos de azul que se arremolinaban en su interior.  
Entonces fue cuando entendí que ese era mi orbe, que yo tenía que coger aquello, hacerlo mío.
Al lado de aquel orbe había un hueco, como si una esfera vecina hubiese sido sustraída no hacía mucho tiempo.
No pensé más en aquel hecho, y tomé la decisión de coger la esfera que parecía atraerme con una fría aura.
Alargué poco a poco mi mano hacia ella y, sobresaltándome, la esfera saltó directa hacia mi mano antes de que ésta llegara siquiera hasta el límite del borde de la piedra.
Todo se hizo frio, muy frio. La esfera parecía vibrar en mi mano, aumentando paulatinamente el destello que desprendía, y volviéndose fría, casi quemándome.
Empecé a correr siguiendo el camino que creí haber tomado a la ida, chapoteando entre los charcos que antes… ¡no estaban!
Empezó a llover, y los charcos se hicieron cada vez más abundantes, primero pequeños y a cada minuto aumentando hasta cubrirme hasta las rodillas, mientras los demás orbes se empapaban, sin moverse ni un centímetro, sin inmutarse.
Mi carrera se hizo cada vez más difícil, me costaba mover las piernas, al agua seguía subiendo  y empezaba a haber olas que al golpearme alcanzaban mi cabeza, dejándome sordo y ciego intermitentemente.
Pronto dejé de sentir el suelo bajo mis pies, y opté por seguir nadando en la misma dirección, con el orbe pegado a mi mano, vibrante, vivo.
Las olas hundían mi cabeza en las profundidades conforme aumentaban su tamaño, yo luchaba por mantenerme en la superficie y por avanzar hacia algún sitio seguro.
Empecé a perder la esperanza cuando, asombrosamente, el techo de aquel lugar se hizo visible unos dos metros sobre mí. Ya no me quedaba tiempo, el agua había subido tanto que pronto quedaría sin aire y moriría.
Fue aquella voz la que me salvó.
  -Déjate llevar Eric, déjate llevar y gana…-
Era la voz de Matt, que me instaba a unirme al agua.
  -Fúndete Eric, fúndete…-
Matt nunca me desearía nada malo y mi situación era desesperada, tenía que probar y dejarme guiar por mi mejor amigo.
Me hundí, me dejé llevar como cuando Matt y yo nos dejábamos guiar por nuestros instintos en los bosques de Norpher.
Todo estaba en calma bajo las aguas, todo parecía en orden. Los orbes se encontraban muchos metros abajo, como riéndose de mi pasada angustia cómodos en sus cunas de piedra.
Sentí que en mi mano algo cambiaba, el orbe ya no transmitía frio, sino calor, una calma que parecía corresponderse con lo que sucedía bajo las embravecidas olas.
Y allí abajo estaba, la puerta que daba al bosque de Kanai. Pero esta vez algo había cambiado, ya no era oscura, sino blanca y resplandeciente, luminosa, bonita.
Despejé mi mente y comencé a bucear hacia la puerta, con miedo de que mis pulmones no consiguieran aguantar hasta llegar a las profundidades.
Descendí y descendí hasta encontrarme ante la boca de luz que me llamaba. Y entonces fue cuando sentí un pinchazo en el pecho, un dolor profundo y la necesidad imperiosa de una bocanada gigante de aire.
Con un último esfuerzo me impulsé hacia el bosque que se adivinaba tras la puerta mientras, inevitablemente, un torrente de agua penetraba en mi organismo.





domingo, 3 de noviembre de 2013

¿No es divertido?



Piensas en dos conceptos. 

Dos palabras. 

Dos cosas que te gusten.

Piénsalos. Únelos. Modifícalos. Fúndelos. 

¿No es divertido?

Vas buscando música. De tus ya favoritas, o nuevas, lo que quieras, pero buscas.

No pierdas de la mente tus dos conceptos entrelazados.

¿No es divertido?

Encuentras una canción genial, crees que tiene todo en común con tus dos conceptos.

Se te va pasando el tiempo mientras te recreas en tu creación. 

¿No es divertido?

Has creado. Eres dios. 

¿No es divertido?

Lo vuelves a hacer. Incluso bailas.

Has vuelto a crear. 

Si lo haces más de 6 veces, ya eres más que dios.

¿No es divertido?

Lo escribes para que todos lo vean, para que sean todos dioses. Eres genial.
 
¿No es divertido?

  Te aburres. 

…

Te vas.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Que el que quiere, puede.

El cojo que danza,
el sordo que escucha,
el boli que borra
lo que la goma traza.


El médico tratado,
el paciente sanador,
el dinero que compra
aquella paz, aquel amor.


“Cuestión de visión”,
expresa el ciego ausente,
“es cosa de la lengua”,
el científico sentenció.


Nadie notó
lo que el ciego vio,
lo que el sordo escuchó,
lo que el serio rió.


Que el que quiere puede,
que relativo todo es,
que el que no ve, siente

y el que siente, no ve.

Todos entendemos de magia.

Todos entendemos de magia.

Cómo no íbamos a hacerlo cuando lo que nos gusta es algo en lo que tienes que poner tu alma y tu creación, todas tus ganas para que salga algo así de expresivo.

Cómo no íbamos a entender de magia cuando para crear tenemos que acercarnos a lo mágico de sacar algo nuevo partiendo de ingredientes desordenados y difusos.

Somos el caldero de cocción, donde sucede la magia.

Esas vivencias, esas emociones que nos hacen más o menos humanos las canalizamos, las adaptamos y las expresamos a partir de nuestro “hobby”. Hobby se queda muy corto con lo que nosotros sentimos.

Todos los que comparten esto que digo saben que nosotros somos así, mágicos, emocionales, vividores, creadores, inquietos.

No puedo dejar de sorprenderme de lo que me hace sentir. Cada nueva idea sugiere una nueva manera de canalización, una nueva manera de interpretar.

Obviamente hablo de la danza, del baile, de todo eso que para unos es tan poco y para otros, los magos, es tanto.

Nosotros escuchamos, sentimos e interpretamos. Nosotros cogemos dos cosas, la música y lo que esta nos hace sentir, y lo transformamos en algo precioso. La música nos guía, y eso es así.

Aquellos que lo entiendan verán que a cada uno de nosotros, de los magos, se nos vaya el cuerpo hacia la música, que intentemos fundirnos con ella. Pues bien, esta fusión no es otra cosa que el querer conseguir sentirte música y emoción, conseguir sentirte muy especial pues, ¿quién sabiendo que es mago no querría experimentar esta experiencia cada minuto de su vida?

Después de esta breve reflexión sobre mi mundo, mi mente y mi música, os animo a buscar vuestra propia banda sonora. Esa banda sonora que, si sois capaces de escuchar lo que hay más allá de unas simples notas, de escuchar a vuestras emociones dialogando con el sonido, os hará sentir magos.


Porque todos los que bailamos, entendemos de magia.